Autor: Luis Fernando Sierra Rojas

Es mejor ser una larva.

Bajo el inmenso rocío, sobre una ligera cubierta de fina escarcha,
regocijado y pasivo te encuentras.
Inasequible, intocable,
de sentido ileso,
solo deseando ser tú mismo,
porque solo en ti esta la luz del mundo e incapaz eres de desvirtuarlo.
Inmersa luz que en tu seno yace,
de ansias colmadora, de llama encandilada,
haciéndote menos cándido, perseguidor en sí, deseoso en sí.
Entonces; ¿cómo no perderse en los límites de sí mismo para percatarse de cuan inalcanzable luz?
Así desciendes de todo pedestal mundano con total convencimiento
tramado por trepar desde las más recónditas profundidades, acumulando energía, entre hábitos,
entre lo que está y no está a tu alcance, 
aproximándote a esa luz de intenso fulgor, intocable, voluptuosa y sugestiva, 
semejante llama que al tocarla aliena, para prescindir de toda personalidad y evocar al principio; 
súbita experiencia sensitiva de rocío inmenso.


Seguirás adelantando el paso, probando toda experiencia,
deseando arder en potencia,
sensible,
husmeante,
oruga rastrera,
crisálida ávida por volar el cielo surcado,
sin maestros ni profetas, ni videntes, ni santos,
juez de sí mismo y consejero.
Y es ahí, después de atravesar la flameante luz,
que en la misma llama te consumes, tu anatomía de ninfa se quema,
se incinera dentro de algo que te ofreció eternidad,
algo de naturalidad infinita,
algo de orates, algo que acabo con todos tus deseos.
¿ Es esto lo que quieres encontrar sumergiéndote en los límites de la intimidad y la razón?

Vendrás de hecho sin verdad alguna, 
insuficiente al paso, prosternando ante la misma llama 
y al cielo que te vio caer
a todo adorador de exterioridades, de patrones, de abalorios, 
lejos de todo sacrificio y toda devoción,
sosteniendo roles que te confunden tras lo oculto.
Travieso, mudable. 
Tú que rastrero andabas con fardos de filosofías
hallaras valor a la  “no-verdad”, a todo infortunio,
manifestaciones de un ser precario de realidades obtusas, 
carente de interés, animal infructífero y simple, hallazgo sin poso
independiente al sufrimiento, separado de ubres de mama, 
eclosión de movimientos larvados,
transformado en particular aleteo, 
singular mariposa que pulula en la nada. 




En la bruma

Impulsados por el músculo cardiaco,
palpitantes deseos redoblan como extensión de un cuerpo mimetizado.
Acelerando el ritmo,
luchando en duros guiños del espíritu libre.
Frondosos picos atraviesan los trineos halados por licántropos.
En la bruma,
acechantes miradas de lobo brillan.
Millones de células nerviosas desconectadas del mundo exterior,
yacen en los túneles del inconsciente desdeñando en aullidos de hombre,
 revocando el efecto de tu parte más débil.
En lo alto oradas una parte del pasado.
Ese desvanecido y prematuro corazón emerge de la caverna,
de la gruta.
Un cuarto de vida remolca hacia el valle del hielo y lo reclama. Al despertar de la madrugada,
por la fidelidad a la vida.

Fidelidad de lobo con zanca de predador,
por el mas impetuoso deseo de la existencia.
 Esa parte del cuerpo que demanda libertad,
entre pardos paisajes de sueños caídos escudriñas.
En la niebla, tras siluetas del rebaño aguardas frío y sano corazón.

De ojos al infinito te imagine una noche;
dulce hechicera qué harías con mi corazón que
apoyada en él te vi con el mástil de tu embeleso.
¿Te imaginaste algún día recostada en las entrañas de una alimaña?
Estarías entonces empalidecida en tu linaje.

 Ahora corres ansioso corazón hacia la luna siendo un predador.
¡Que acostumbrado te has hecho para viajes de tan larga distancia!
En ocasiones un lobo parece esconderse bajo la luna; es su luz,
esa luz calina que toco un día tu frente que tan solo acompaña
 para olvidar dulce hechicera,
para olvidar. Que por encima en lo alto colindan en el valle de alegrías y latidos
 una legión de lobatos con el firmamento
esperando mi llegada para seguir de largo.

Gigantesco astro que has sido vida en la tierra,
 solo una cosa pido:
Si acaso ves un día semejante corazón en la orilla, en la saliente,
es solo que del vacío surgió.
Deja entonces que sea él mismo  quien se mantenga erguido
o se tumbe de nuevo a los confines del mundo.